¡CULTURA, NO!

cartel-soliloquio-definitivo-w1050-h1050-727x1024Tuve la oportunidad y el placer, el pasado cuatro de marzo, de colaborar en el montaje y puesta en escena de la obra «Soliloquio de grillos» en el “Teatro Municipal Centro”, dentro del XXVIII Certamen de Teatro Aficionado Villa de Navalcarnero (Madrid).

El texto, de Juan Copete, enfoca -y muy fino- desde tres dispares puntos de vista convergentes, en lo absurdo y lo inútil de esas quinientas mil muertes estimadas en nuestro último conflicto civil armado, entre las que se encuentran las tres protagonistas: una vividora, una maestra, y una ama de casa perseguidas que intentan salvar su vida huyendo hacia ninguna parte.

Pero mira tú por dónde, en el Pleno Ordinario del 16 de marzo de 2017 del Ayuntamiento de Navalcarnero, (en el vídeo, desde 5:07:55 a 5:09:54) una edil se hace eco de las quejas de varios vecinos al considerar que debía haberse avisado de que se trataba de una obra de Teatro político. ¡Teatro político, qué horror! He de suponer que esta señora y su grupo, debieron prometer a sus votantes durante la última campaña electoral, que harían lo imposible para que cualquier atisbo de Ilustración no les incomodara en el confort aromado de naftalina de sus cortijos.

La Cultura, en cualquiera de sus ámbitos, es a mi modo de ver una pequeña batidora de los posos de la memoria: los remueve de forma sutil y vuelven, como en esas burbujitas de cristal del paisaje nevado, a caer lentamente en una nueva composición distinta a la anterior. Pero es obvio que La Cultura no tiene la fuerza necesaria para remover el hormigón ya fraguado, seco y asentado durante años en el fondo de algunos cráneos en los que ha hecho cuerpo con el hueso y son, además, impermeables a ella.

Esta edil, y algunos grupos que pretenden representarnos, deberían ir ya pensando en hacer menos Política-teatro, que de actores andamos sobrados, y ponerse a trabajar en serio de una vez, que para esto no hace falta que avisen. Y si no responden ni a la sutil batidora, habría que ir pensando en darle un zarandeo al escaño…

(©EL PAÍS -Babelia- 16 feb 2016) «El teatro político arraiga en países que consideran el teatro como una parte más del desarrollo cultural, intelectual del país. Se cuida como se cuida la asignatura de Matemáticas por ejemplo en los programas de estudio. No se concibe como algo muy diferente a la filosofía o a la política. Es decir, se concibe como un elemento más del cuerpo intelectual que tiene que llevar cualquier persona que quiera tener un pensamiento crítico»

César de Vicente Hernando (Madrid, 1964), Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, es coordinador del Centro de Documentación Crítica, autor del libro ‘La escena constituyente’ y experto en teatro político.

©Javier Martín Gutiérrez

El mundo al revés

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Rita Barberá y S.M. Letizia

 

-“Tito, ¿jugamos al mundo al revés?”

Entonces mi sobrina Judit tendría unos cinco años y estaba pasando unos días con nosotros en Aranjuez en una primavera fría o quizá un otoño templado. No recuerdo exactamente. El caso es que nos sentamos en la terraza amablemente soleada de un gango (chiringuito castellano, pero sin playa, para entendernos) a tomar un algo. Ella optó por una CocaCola y yo, después de pensármelo dos veces, me pedí dos cervezas.

-“¿Y en qué consiste el juego, Yuyu?” (Lo de Yuyu no lo voy a explicar porque llamo a mis sobrinas como me da la gana).

-“Pues en que tienes que decir las cosas al revés”.

-“¡Ah, vale; empieza tú!”- le respondí.

Y dijo: -“¡Oh, cuánto llueve y qué blanca es esta NO-CocaCola…!”

Esto anterior, bajo un quizá no tan severo análisis de psicología infantil aportaría, estoy casi seguro, puntos de referencia importantes para entender parte de la psicología madura, pero como ni soy psicólogo ni mucho menos maduro, me limitaré nada más que a reflejar de qué forma esta anécdota de hace treinta años, ha ido cauterizando mi evidente falta de neuronas:

Esta mañana me desayunaba, junto al café frío, con las imágenes de la jornada política de ayer donde se daba especial protagonismo a una camiseta con el lema: “Yo no voté a ningún rey”,  o a la instantánea de Letizia intentando sin demasiado éxito no apretar la mano de Rita. Y con las redes sociales -neologismo eufemístico de un corral (digital, eso si) de toda la vida- en plena ebullición alrededor de más de lo mismo.

Yo no sé si soy republicano con prejuicios, o monárquico suspicaz, o quizá las dos cosas a la vez, pero empiezo a decantarme más por este último formato que me parece el más sensato. Sobre todo cuando pienso en que si mi sobrina vuelve a plantearme el juego de “El mundo al revés”, sería casi imposible quitarme de la cabeza la imagen de Rita Barberá saludando al personal como flamante Presidenta de La III República, que hoy por hoy y visto lo visto, no es ningún disparate.

Y eso me cabrearía bastante.

©Javier Martín Gutiérrez, 2016

MONODIÁLOGOS FRENTE AL ESPEJO

MonodialogosEn mis manos, otra nueva aportación literaria indispensable: Monodiálogos frente al espejo, de Antonio Fernández Ferrer, creador impenitente en su ático, que aborda de nuevo con fuerza las librerías y mesitas de noche con esta perla intelectual con la que transmite una sencilla, pragmática y animada observación de la vida a través del filtro caleidoscópico que conforman el propio autor y su alter ego; ora condescendientes, ora displicentes, siempre correctos y afables ambos, diseccionando temas de actualidad, eventos culturales o simples situaciones cotidianas en las que plantean, discuten y argumentan posiciones enfrentadas que acaban siendo, en su conjunto, una clara definición de su modo de pensar (del suyo y del nuestro: de las dudas y las certezas con las que administramos nuestra andadura vital) sin ambages, aunque resulte paradójico.

El libro es accesible. Y no hablo del precio -que también- sino de la facilidad con que se deja leer invitando un capítulo tras otro, como una buena serie de TV, a cautivarse en la próxima entrega.

Serio, divertido, inconformista, incisivo, crítico, perfeccionista, sensible… Así es Antonio Fernández Ferrer.

Y así es su libro.

Monodiálogos frente al espejo

Editorial Nazarí, colección Arrayanes.

Ilustrador: José Luis López Enamorado.

©Javier Martín Gutiérrez.

The most peculiar way…

David-BowiePara oír a karina, Los tres sudamericanos, Luis Aguilé, María Dolores Pradera o Nino Bravo, bastaba entonces con tener un pick-up portátil, que llamábamos (al contrario de hoy, que parece que estamos deseando aprender un inglés meramente consumista), simplemente tocadiscos. Se rompían con facilidad, pero sonaban. Como los móviles.

Pero mi padre, un enamorado siempre de la tecnología, decidió un buen día que a la música -¡qué criterio tan puntero tenía mi padre!- había que darle más calidad en casa. Y compró todo un equipo de música: Una doble pletina (que podía grabar de cinta a cinta), un plato con aguja de diamante, un amplificador con radio AM y FM y dos bafles que, estratégicamente colocados sobre la boiserie le daban, a medio volumen, ganas de bailar hasta a mi abuelo que andaba ya muy sordo y muy abuelo. Un lujo.

Y de ello dieron fe todos los amigos a los que fui capaz de llevar a mi casa a mostrarles cómo se escucha música a todo volumen en el salón mientras mi madre, tan prudente ella, prefería quedarse en cualquier otra dependencia antes que armar la marimorena con un Do de pecho tan rabiosamente entonado, como sabiamente guardado ante tan prescindible aforo.

Un día, durante una de esas reuniones, llegó él.

Fue uno de entre tantos discos de vinilo (que entonces eran de plástico) que algún asiduo pugnaba -apostaría a que fue mi legítimo Manolo Pérez de Rueda- por defender como “lo último de lo último”. De entonces en adelante, y ya en reuniones menos formales, diluidas en el divertido humo enrarecido como protagonista secundario del ambiente, llegaban a nuestros oídos, entre composiciones de Camel, Lou Reed, Pink Floyd, Alan Parsons, Queen y tantos otros, un Ziggy Stardust, un Rebel Rebel o un Young americans, por poner un ejemplo. Menciono aparte ese Changes en “Celeste pub” que tanto sonaba a petición de Francis Lorenzo cerveza en mano.

Claro, a tenor de la pinta del cantante, con esos ojos diversamente atractivos, con esos pelos así, con esa voz, con esas letras, con esa música, y con la calidad de los ya rompedores equipos de sonido, no solo llegó, sino que David Bowie, sin casi percatarnos, se quedó para siempre.

Con sesenta y nueve -que mira que no es fea la cifra- Starman, fiel al dicho de Ashes to ashes, ha emprendido, al igual que el Major Tom, su most peculiar way. 

Nos vemos, dear heroe, y perdona que te sea tan breve pero es que nunca me gustaron los panegíricos. Un abrazo.

©Javier Martín Gutiérrez

SONIDOS DEL SILENCIO

IMAG0021Acabo de conocer a una persona normal. Vestía normal, hablaba normal y actuaba con normalidad acompañada de otras dos personas normales; es decir, que acabo de conocer a un espécimen raro. En un momento raro.

Raro, porque es agradablemente singular tener la suerte de poder departir durante un trozo de noche de un domingo cualquiera, como el de hoy, con ejemplares humanos capaces de construir puentes donde antes, hasta hace bien poco, solo había muros de ignorancia.

Raro, porque desde el Hotel Reúma de Granada tuvo que venir a sentarse a la mesa, Darro abajo, el agua que reblandece conciencias como si fueran Strawberry fields for ever…

Raro porque está, en manos de un tenor, el abono de un campo de cultivo en barbecho con inminente peligro de trasnocharse.

Raro porque, aún existiendo los Rolls Royce, todavía hay gente que se viene desde Madrid a Motril en autobús y en clase turista.

Raro, porque me siento raro administrando torpemente mis impresiones en este preciso momento, intuyendo que si nada falla, es decir, si las teclas están debajo de las manos de Juan Carlos Garvayo, si tras la bocanada de aire de ese do de pecho está Miguel Ángel Muñoz y Antonio F. Ferrer sigue salpicando al aire sus notas y versos (Culture drops , que decimos los ingleses), esto huele a sinfonía.

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Juan Carlos Garvayo, Miguel Ángel Muñoz y Antonio Fernández Ferrer

Ya iré yo ya haciendo fotos si eso…

© Javier Martín Gutiérrez

NO DEJES PARA MAÑANA…

          sudor-“¡Ostras, las ocho y cuarto! ¡joder!”.

          El corazón le dio un vuelco mientras se preguntaba incrédulo por qué no había sonado el despertador. Se incorporó eléctrico, quedándose sentado al borde de la cama mirando al suelo durante un segundo interminable en el que las neuronas no conseguían ponerse de acuerdo entre sí. Reaccionó poniéndose los pantalones hasta las rodillas e inmediatamente los zapatos con los cordones aún anudados sin perder el tiempo en alcanzar los calcetines verdes, vueltos sobre sí; una vez en pié, se remetió la camiseta arrugada que compró en el concierto de Alan Parsons que le había servido de pijama y por el pasillo se ciñó el cinturón al último agujero. Se lavó la cara con dos manotazos de agua fría, se cepilló rápidamente los dientes sin dentífrico, se atusó el pelo con los dedos nerviosos mientras miraba incrédulo esos ojos encendidos que le observaban desde el otro lado del espejo –“mejor me pongo una gorra”- y pensó aceleradamente que a lo largo de la mañana ya encontraría un momento mejor para orinar -“que no hay tiempo ahora”-.

          Descolgó la gorra NY negra con visera del perchero y se la encasquetó mientras cogía el puñado de llaves del suelo, junto a la alfombra de la entrada; cerró sin mirar la puerta tras de sí bajando a continuación las dieciséis desgastadas escaleras de tres en cuatro.

          Salió a la calle cegado por el resol temprano de la pared blanca de enfrente, la llave del coche en su mano derecha húmeda y temblorosa y se dispuso a arrancar el Citroën de quince años que, como no podía ser de otra forma y como era inevitable prever, no respondió a la petición del contacto.

          –“¡La batería, mierda, otra vez la maldita batería!”.

          Con la boca seca como un desierto con regusto a amarga entremezcla de cubalibres y tabaco –“¡Ostras, el tabaco, me lo he dejado en la mesita de noche junto al móvil!”- y maldiciendo al inoportuno vehículo, comenzó a zanquear calle arriba pensando que, si no había más contratiempos, estaría en su puesto de trabajo sobre las nueve y cuarto… si le daban opción a incorporarse.

          -“¡No me lo puedo creer, mi primer día de trabajo después de casi un año parado y voy a llegar más de una hora tarde… esto solo me pasa a mí!… A ver qué les digo ahora cuando llegue”.

          Sobre la marcha, sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón para ver de cuánto dinero disponía, pensando que podría ser buena idea coger un taxi y ahorrarse treinta minutos de caminata al trote y al menos dos litros de ese sudor frío que ya iba comenzando a dejar evidencias, pero inmediatamente se vio obligado a desistir de la idea  a la vista del pobre panorama interior del billetero de fondo oscuro y desangelado, otrora colorido y alegre, –“Me vendrá bien andar”- se conformó positivo, aunque con la forzada esperanza de encontrarse por el camino a algún conocido que lo acercara. Se agachó para recoger el preservativo caducado que se le había caído y continuó calle arriba.

          Pasando como una exhalación por la puerta de “Casa Juan”, su bar de cabecera, alzó el brazo a modo de saludo pero nadie le contestó. Nadie reparó en su angustioso gesto ni nadie se ofreció a llevarlo. Al cabo de unos pasos, alguien le llamó la atención a sus espaldas:

          -“¡Adrián, ¿dónde vas tan corriendo?, ¿no tomas café?!”- Le preguntó un divertido Emilio, asesor y confesor personal, Enciclopedia Universal, bromista y futbolero amigo de camisa blanca siempre impoluta, a la sazón camarero del turno de mañana, tarde y noche en el bar.

          -“¡No puedo pararme ahora, tengo mucha prisa y llego tarde, luego me paso!”

          -“¡Que esta tarde cierro, recuerda que me debes 21 €, canalla…!”

          -“!Que te los pague la Caballé, o el Raphael…!”- Respondió de soslayo, levantando el puño cerrado con el pulgar erguido y medio esbozo de sonrisa agridulce en los labios mojados por el sudor que, de camino, servía para humedecer su lengua reseca.

          La rampa se hacía tan interminable como su agobio. Pero al fin y al cabo, una vez arriba, solo le quedarán doscientos metros de bajada. –“Estaré allí en un pispás”- se incentivó. Culminó la cuesta y empezó la bajada. Allí, al fondo de la pequeña avenida, se divisaba el edificio. Una de dos –dudó-: o es más pequeño de lo que le parecía o no son doscientos sino quinientos metros la distancia a recorrer desde la parte alta de la ciudad, justo cuando se pasa por la puerta de la sacristía de la iglesia, donde la calle cambia de rasante, de nombre, de gente y hasta de ideología. Se dejó llevar casi por la fuerza de la gravedad, con la zancada sin forzar; respiraba hondo rozando el jadeo y las piernas acusaban el cambio brusco de la pendiente y la marcha con un ligero temblequeo en cada apoyo.

          Cuando llegó a la puerta, estaba su futuro jefe, Damián, observándole divertido.

          -“Siento llegar tarde, lo siento”- Murmuró apoyando sus manos en las rodillas para tomar aire.

          -“Más bien creo que llegas temprano”- Le espetó entre insolente y risueño.

          -“Quedé con usted hoy a las ocho y son… ­ -miró su reloj- las nueve y veinticinco”.

          -“Si, pero hoy es 28 de diciembre”.

          -“¿Entonces, ha sido una inocentada?”- Sonrió tímidamente liberado.

        –Estoy aquí porque olvidé recoger un par de cosas, pero los domingos no trabajamos. Habíamos quedado para mañana lunes, 29”.

 

 

© Javier Martín Gutiérrez

Gabriel e Isabel

GabrielPensaba que me iba a quedar con la duda, pero hoy durante todo el día y en casi todas las cadenas de televisión, he podido constatar que la causa de mis posibles desvelos carecían de fundamento y esta noche, quizá, pueda dormir plácidamente si me lo permite la dichosa arruga del lienzo de mis sábanas que se erige como muro cuando me doy la vuelta sobre la cama.

Tenía yo poco claro cómo sería eso de levantarte una mañana -una de esas mañanas en las que te da igual si hace sol o frío o está nublado el día y con un calor de noviembre motrileño- y pensar qué ropa eliges (problema este último que resuelvo cada dos días eligiendo lo que me puse ayer, o cada tres días si voy en plan guarrillo de andar por casa y sin perspectivas) ante la ineludible obligación de tener que acatar una sentencia…

Conocí recientemente a Gabriel en la terraza tranquila de un bar poco céntrico de Granada mientras me tomaba una cerveza; él escribía algo sobre un recorte de papel arrugado en la mesa de al lado. Entablamos conversación por algún motivo que no viene a qué y decidimos compartir mesa después de un “¿Nos llenas dos y nos haces una foto?” para seguir charlando otro par de cervezas más o tres.

Debe tener pocos años más que yo –no le pregunté su edad- pero sí muchas más canas y una sorprendente capacidad de supervivencia. Hacía dos días que había salido de la cárcel y estaba escribiéndole unas letras a sus excompañeros. Yo le preguntaba y él amablemente me respondía sereno y conciso en argumentos, desgranándome el porqué de su condena de tres años, el cómo habían transcurrido tan largos y el dónde se perfilaba ahora su futuro con la marca posiblemente imborrable de su pasado. Como colofón, me regaló una poesía que escribió allí mismo sobre la marcha. No se me ocurrió preguntarle por el día de su ingreso en prisión. Ni se me pasó por la cabeza, vamos.

Pero las televisiones hoy me han quitado esa duda que me robaba el sueño, dando un ejemplo claro de cómo es ese día para cualquier ciudadano normal de la España media. Y han bombardeado todos los minutos del salón de mi casa con los zapatos, el peinado, la hora a la que se ha levantado y con qué pie, a quién le ha dado el primer beso de la mañana, la marca de pasta dentífrica con que se ha cepillado los dientes, dientes, el color del sujetador, el modelo de móvil con el que ha mandado un whatsapp a las 7:23 a.m. y, con todo lujo de detalles, la extraña forma de la hebilla del cinturón de Isabel Pantoja minutos antes de su privación de libertad.

Quizá algún día, dentro de algo más de un par de años, le encarte a ella contarle a un desconocido o desconocida los detalles de su encierro mientras saborean unas cervezas.

Aunque dudo que vaya a contarle nada que no sepa ya.

© Javier Martín Gutiérrez